VIVIR CON LOS OJOS ABIERTOS

VIVIR CON LOS OJOS ABIERTOS

He esperado al 31 de diciembre para escribir estas líneas. Es el final de un año que, quiera o no, dejará una huella en mi vida: he cumplido 60 y he entrado en la Tercera Edad, aunque algunos la sitúen a los 65. ¿Por qué la llamarán así? Supongo que después de unos años de la primera edad en los que dependes de tus padres (infancia, adolescencia y, cada vez más, juventud), te llega la independencia y con ella la adultez en la que eres tú quien tiene que sacarse las castañas del fuego; esta debe ser la segunda edad.

Pero llega un día en que se acumula encima tanta juventud que la sociedad considera que ya has rendido lo suficiente y que debes dejar paso a otros más jóvenes para que aporten sus conocimientos e ilusiones al mercado laboral. No es que sobres, no, sino que te dejan descansar por los “servicios prestados” para que otros puedan trabajar. La verdad es que todos sabemos que esto no funciona exactamente así, pero yo he preferido optar por dejar mi sitio a otros… y empezar, pues, la tercera etapa de mi vida. Y me temo que no hay una cuarta.

Yo creo que el fin de año es el momento idóneo de echar la vista atrás para poder llegar también más lejos al vislumbrar el futuro. No conviene quedarse sólo en una perspectiva de 365 días, que tampoco es una referencia válida porque “cada día tiene su afán”: es mejor que la mirada por el retrovisor abarque un tiempo más amplio (mayor cuantos más años se van cumpliendo) para poder sacar conclusiones adecuadas.

Y qué mejor momento que este día final del último año de mi vida laboral para daros mi visión de lo que el programa de Ikasle Laguntzaile ha supuesto y lo sigue haciendo para el Instituto de Balmaseda. Hace ya más de 10 años que iniciamos nuestra relación con Bakeola (¿te acuerdas, Irantzu?) con el primordial objetivo de mejorar la convivencia en el centro. No es fácil, ni mucho menos, convivir en esta impersonal y especulativa sociedad actual: para qué quieres llevarte bien si lo que de verdad importa es que a ti te vaya bien.

Pues miren, señores, no. Ni mucho menos. Desde el inicio una docena de profesores y profesoras tuvimos claro que no compartíamos esa visión interesada del mundo y estábamos seguros de que si las relaciones entre el alumnado y el profesorado mejoraban, el ambiente del centro sería el deseable y eso se iba a traducir en una mejor educación para nuestros chavales.

Todavía recuerdo lo ridículos que nos sentimos saltando de silla en silla o pasándonos el ovillo o haciendo teatro o… con tantos juegos como los que después iban a hacer los chavales y chavalas. Del ridículo fuimos pasando paulatinamente a la desinhibición y de ella a la cercanía personal que es el primer paso a la amistad. Todavía no entendíamos para qué podía servir todo aquello pero a lo largo de todos estos años lo hemos podido comprender del todo. ¡Cómo olvidar la frase con la que Gerardo me lanzó su ovillo! Todavía os conservo en mi corazón: el ovillo, la frase y sobre todo a ti, amigo.

La verdad es que desde el principio el alumnado entró con ganas al proyecto y siempre hemos tenido que hacer selección para que en los primeros cursos no se nos apuntaran todos. Cuando se van haciendo mayores… la historia cambia y hay que perseguirles casi para que el desbordante mundo juvenil al que empiezan a asomarse no les engulla con su infinidad de propuestas de ocio, que les llenan hoy, pero que deben aprender a compaginar con el estudio y una educación que les abra las puertas del mañana. Y todo ello sabiendo mantener los ojos bien abiertos a lo que les rodea, a lo que acontece a su alrededor.

Y es que de eso se trata en definitiva, de vivir con los ojos abiertos, de estar pendientes del que está solo, de animar al que está depre, de ayudar al que lo necesita, de enseñar al que le cuesta más, de acompañar al nuevo, de… Y no tanto de evitar los conflictos, algo que aprendimos que no podemos hacer porque el conflicto está presente siempre en la vida, sino de encauzarlos para que la convivencia entre todos no se resienta. Ver que ellos mismos hacían de mediadores entre sus compañeros y compañeras es una de las mayores satisfacciones que este programa educativo me ha dejado.

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¡Y cómo van ganando en confianza y cariño las relaciones del alumnado con nosotros, los profes! Que todos ellos, dirigidos por las que más años llevan en el proyecto, me despidan como lo hicieron es algo que llevaré grabado en mi memoria: “Consigues trasmitirnos la felicidad que siempre llevas contigo cada vez que nos vemos… eres el reportero de todos nuestros viajes, siempre cámara en mano disparando cariño y alegría en cada foto,… en nuestro álbum personal de recuerdos siempre habrá una diapositiva en la que aparezcas haciéndonos reír, animándonos,…”, son muestras de que la distancia entre profesor y alumno se ha acortado tanto que todos y todas hemos salido ganando.

Y para que ello haya sido posible los Ikasle Laguntzaile han aprendido a abrir los ojos y mirar, para descubrir al otro y recorrer unos años de la vida juntos. Eso que os lleváis en vuestro bagaje personal que no se aprende en los libros y en lo que sólo la vida puede darte el aprobado. También lo hemos aprendido los profesores que hemos pasado tan buenos momentos con ellos y hemos reforzado en tantos años una amistad asentada en la experiencia compartida.

No quiero poner nombres porque todos y todas estáis en mi corazón…para siempre. Me decíais que “muchas gracias por todo lo que has hecho por nosotros, ya que has sido nuestro AITA en este instituto”. No hay mejor despedida de una vida laboral que a uno le llamen AITA, con todo lo que esa palabra lleva consigo. Gracias, hijos, y hasta cualquier día. Mantened los ojos siempre bien abiertos, también cuando dejéis de ser Ikasle Laguntzaile y os convirtáis en unas personas adultas que sepan gobernar el timón de su vida… mirando a su alrededor. Un fuerte y emocionado abrazo.

Juanto Uribarri –  IES Balmaseda BHI 

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